Eduardo Sacheri, escritor de la novela en que se basó en la película argentina ganadora del Oscar, habló sobre su último libro y dijo que » Ser feliz era esto, la historia de un inesperado reencuentro familiar. Me emociona lo extraordinario en las vidas ordinarias»-
Eduardo Sacheri llega con la sencillez de siempre a la redacción de Infobae. De jean, camisa y una mochila, podría llegar desde el colegio en el que sigue dando sus clases de Historia, pero no. Viene de otro trabajo, uno nuevo que apareció en los últimos años: el set de filmación en donde su novela Papeles en el viento se está convirtiendo en película.
Se nota que el éxito no lo modificó. No está rodeado de secretarias o representantes que apuran el horario para que pueda cumplir con una agenda apretada. No parece el autor de un libro (La pregunta de sus ojos, dirigida por Juan José Campanella) que le dio uno de los dos Oscar que tiene el cine argentino, ni el que adaptó a Roberto Fontanarrosa -una vez más con Campanella- para que una película de animación se transforme en récord de taquilla como ocurrió con Metegol. Es evidente: Sacheri no es una estrella, no tiene humos de celebrity ni pose forzada de escritor. Es un tipo común y cálido al que le gusta escribir historias y narrar el mundo del conurbano, como dirá a lo largo de la charla a la que accedió para conversar sobre Ser feliz era esto, su cuarta novela que publicó Alfaguara.
El libro cuenta el encuentro de una adolescente que frente a la muerte de su madre decide abandonar su casa en Villa Gessell para ir hasta Morón a buscar a un padre al que no conoce y del que sólo tiene como referencia que se llama Lucas, que tuvo un amor de verano con su mamá y que escribió un libro. A partir del encuentro, Lucas se replanteará su propia vida, la relación con su pareja con quién decidió no tener hijos y su oficio de escritor mientras descubre el mundo adolescente.
-El protagonista de su novela le recomienda a su hija leer Robinson Crusoe. ¿Puede interpretarse la historia del libro como el encuentro de dos náufragos?
No lo había pensado, pero sí, es una buena imagen: dos náufragos que protagonizan un encuentro bastante feliz para los dos.
-¿Robinson Crusoe fue importante en su formación literaria?
Muy importante. Por suerte me crié en una casa con unos cuántos libros y con lectores, que era algo todavía más importante. Mis viejos leían, mis hermanos mayores leían y teníamos unos libros de la colección Robin Hood y de la colección Iridium que tenían un montón de esos clásicos adaptados para una lectura juvenil.
-En esta novela, como en sus tres anteriores, aparecen dos ejes: el amor y la intriga. ¿Los considera como elementos cruciales de su obra?
Es posible. Tal vez estén presente en mi obra porque están presentes en mi vida, en tanto lo que me importa es la gente que quiero. Tal vez, inevitablemente, a mis personajes les pasan cosas parecidas. ¿Adónde se define tu vida? Con quienes estás, a quienes buscas y a quienes perdiste. Lo de la intriga es una posición literaria. A mí me gusta la intriga. Me gusta leer historias donde haya una intriga, me gustan los cuentos, me gusta que me cuenten cuentos. Hace poco leía a un columnista en el diario La Nación que decía «esta vieja, anticuada e inútil idea de que la literatura cuenta historias». Yo pensaba: para mí era eso la literatura, no creo que sea lo único, pero sinceramente, lo que me enamora de la literatura es que cuente historias. Que haga algunas cosas más también, pero que me cuenten historias. Esa idea que tengo como lector la traslado cuando escribo.
-Hace unos días entrevisté a Jeremías Gamboa y dijo que él no podría escribir si no tuviese una historia para contar.
Estamos bastante mal si aquellos a los que nos gusta contar historias tenemos poco menos que disculparnos por semejante pecado de juventud. Las grandes obras de la literatura universal son cuentos. Homero no te pone frente a su devenir mental cerrado sobre sí mismo que no conduce a ningún lado. A lo mejor vale también, pero El Quijote no es «me remonto a los vericuetos de mi locura». El Quijote hace cosas, vive cosas, dice cosas y le pasan cosas. Insisto: aunque no sea lo único que se puede hacer con la literatura, escribir historias es esencial en la literatura. Es muy difícil que los libros vivan si no tienen una historia para contar.
-Para el gran público es considerado como el autor que escribe sobre fútbol, cosa que a esta altura es posible que para usted sea una piedra en el zapato que pueda molestarle. Sin embargo, creo que usted es el escritor que narra el conurbano y, en especial, vinculado al eje del tren que siempre está presente en sus libros ¿Está de acuerdo?
Mi vida es el conurbano, mi mundo es el conurbano. Mi vida me parece mucho menos interesante que mi mundo para poner en mis libros. Si quisiera contar mi vida hay poco para decir pero el mundo que hay alrededor está piola: Castelar, Morón, Ituzaingó, el tren, esos barrios y esa gente con sus vidas. El fútbol es una consecuencia de eso no una causa. A veces sí resulta un poco cargosa esta caracterización que, por un lado, me ha ayudado en mi carrera porque ciertas identificaciones acercan lectores a tu obra, pero por el otro lado, sentís que te gustaría que quién te pregunta viera otras cosas detrás del fútbol. Pretendo usar el fútbol para entrar a ese mundo cotidiano, doméstico, de acá a la vuelta del conurbano. Ese es el intento, a veces desilusiona un poco que sólo se vea la pelota.
-Y en ese mundo hay grandes historias.
En todos lados hay grandes historias. Donde se mira superficialmente la vida de cualquiera de nosotros no pasa nada, no hay nada para decir, para opinar o para escribir. Pero si te detenés un poquito y profundizas, muy rápidamente, surgen instantes, vínculos, decisiones, pérdidas, opciones, que son enormemente dramáticas y tienen una energía para sostener un relato muy fuerte. El tema es poder encontrarlo y tener la paciencia de poner el ojo ahí. Nuestras vidas son anónimas, anodinas y rutinarias, en apariencia. Sin duda hay una muy buena y profusa literatura sobre seres excepcionales, situaciones excepcionales, pero a mi no se me da por esa búsqueda. Me emociona lo que hay de extraordinario en nuestra vida ordinaria.
-La novela plantea la relación de Sofía con el padre a quién va a buscar a los catorce años. En ese encuentro, usted trabaja la distancia lingüística que hay entre ambos. ¿Es un tema que le atrae y que surge de su propia relación con adolescentes?
Me pasa como padre y docente de adolescentes esto de registrar un idioma diferente. Me gusta que Lucas, el papá, se pare desde una cosa defensiva. A los adultos nos sucede esto de sentir, y no sé si tenemos razón o no, que el lenguaje de los adolescentes es más pobre que el nuestro. Uno ve el del los conductores televisivos y, probablemente, sea más pobre que el de los adolescentes. Me gusta que Lucas, que es un tipo que no tiene contacto con gente joven y que vive una vida muy ensimismada y muy encerrada y tiene vínculos con otros adultos, de repente le llueve una adolescente del cielo, se entere de cómo habla esta gente y como se burla. A su vez, Sofía, que es una chica a la que le gusta leer y ha debido sobre adaptarse a ciertas situaciones desde una mirada adulta, también se atreva a jugar ese juego. Me gustan esos juegos y los juego con mis hijos.
-¿Lucas hace una educación literaria y Sofía una educación sentimental de su padre?
Creo que los dos hacen una educación sentimental del otro, en este sentido: así como Sofía realiza una educación sentimental de Lucas, al abrirle los ojos a lo que tiene alrededor y volverlo un poco adulto también porque es un tipo muy inmaduro en su misma quietud. Al mismo tiempo, hay ciertas actitudes de Lucas que le permiten a Sofía comportarse como una chica de 14 y dejar de portarse como una mina grande, que es a lo que se veía obligada durante toda la vida anterior por la situación que pasa con su mamá. El de ellos es un vínculo sano, en medio de otros vínculos mucho menos sanos que tienen los dos. Me gusta esta idea de que un vínculo sano te permita desequilibrar sanamente equilibrios muy enfermizos que podés tener alrededor. Me parece que los dos se generan eso mutuamente.
-Porque en la superficie, alguien podría decir que Lucas es un escritor frustrado que sólo hizo hace muchos años un best-seller y en realidad su frustración más profunda es la del amor. ¿Lo ve así?
Lo que pasa es que Lucas se tendrá que dar cuenta en algún momento de cuál es la vida que tiene. A veces nos puede suceder estar en lugares cómodos que no necesariamente son lugares felices. Lucas está en un lugar cómodo: escribió un libro, le fue genial porque vendió un montón de ejemplares, todo el mundo lo considera escritor, ahora tiene la chance de pegar otro best-seller, pero el tipo no se siente escritor. No escribe ahora, escribió hace diez años atrás. Me gustaba jugar con esta idea. A mí no me ha sucedido esto de estar a disgusto en el lugar del escritor, por ahora. Es un lugar en el que me siento a gusto pero me siento a gusto, entre otras cosas, porque sigo escribiendo. Aparte, nunca vendí medio millón de ejemplares como hizo Lucas, ojalá.
-Uno de los escenarios de la novela es el colegio secundario que eligen para Sofía y de ahí rescato dos escenas: la de una directora rígida y la de un padre que grita y le pone una enorme carga de histeria a las chicas que disputan un partido de vóley, al que Lucas enfrenta con vehemencia. ¿Es parte también de tu observación como docente?
Con esto de ser profesor de historia uno recorre muchas escuelas y así como te topás con colegas estupendos, lo hacés con colegas que son un desastre. También te cruzás con directivos que son buena gente y con directivos que mejor perderlos que encontrarlos. A lo mejor, la directora de la escuela de Sofía es una de estas últimas. Y me ha pasado por acompañar a mis hijos a jugar deporte, ver esta carga inútil de violencia, frustración y rabia. De meter en el deporte de los chicos una carga innecesaria y perjudicial para ellos. Me gustó que mis personajes pudieran revelarse contra uno de estos padres idiotas.
-¿Son padres que le quitan el valor al deporte?
El deporte es una sublimación de cosas como la guerra, la violencia, el enfrentamiento y hasta la muerte. Y si es una sublimación tiene que tener los límites de no significar lo mismo que está sublimando. Te lo digo con el fútbol: si el fútbol es de vida o muerte ya no nos sirve, porque la idea es que no sea de vida y muerte para que siga siendo fútbol, para que siga siendo un juego adónde voy y juego y donde hago como que vivo y hago como que muero pero por un ratito, no que me marca la vida.
-En la última etapa de tu carrera publicaste novelas y no cuentos. ¿Por qué?
Estoy pensando más novelas. Hace cuatro años que escribo en El Gráfico una columna vinculada con el fútbol. Si bien son columnas y no cuentos, hay algo de ritmo de relato breve que está tranquilo en mi porque tengo ese drenaje. La cabeza del largo plazo la tengo más puesta en las novelas. Mis primeros tres libros fueron de cuentos y sentía la deuda de decir tengo que atreverme a escribir novelas, lo confieso como una autocrítica, como una debilidad o fragilidad personal porque si estás conforme con lo que haces, esto de ponerte la vara de tengo que hacer tal cosa, a lo mejor es medio inútil pero me pasaba. La pregunta de sus ojos, mi primera novela, vino después de esos tres libros de cuentos y ahora me pasa que estoy más cómodo en este formato. De vez en cuando sale un cuento, pero los cuentos terminan orientándose a traducirse en columnas.
Fuente: Infobae.com






