En 1929, un bacteriólogo del Hospital St. Mary, de Londres, detectó por casualidad que el hongo Penicilum notatum “mataba” bacterias previamente sembradas sobre una lámina de vidrio. El hallazgo no solo le valió a Sir. Alexander Fleming el premio Nobel de Medicina en 1945 sino que, además, inició una cascada de descubrimientos en el mundo de la infectología que cambiaron la historia natural del hombre y las enfermedades bacterianas.
La mortalidad generada por dicha bacteria puede disminuirse con la aplicación de un correcto esquema de vacunación, indicado en las poblaciones de riesgo mencionadas.
A pesar de su claro efecto beneficioso, la Tercera Encuesta Nacional de Factores de Riesgo para Enfermedades No Transmisibles (Argentina 2013) reveló que la prevalencia de dicha vacunación es del 16.2%, mientras que el Ministerio de Salud de la Nación propone un alcance del 95%. En síntesis, en Argentina menos de 20 personas de cada 100, que deben ser vacunadas, la reciben.
Actualmente, en la Argentina se encuentran dos vacunas disponibles: la vacuna antineumocóccia polisacárida 23 serotipos y la vacuna antineumocóccica 13 serotipos.
Fuente: Perfil







