Cumpliendo con su advertencia de la noche anterior, el presidente ruso Vladimir Putin ordenó el mayor bombardeo contra Ucrania en los últimos meses. El ataque masivo incluyó más de 700 drones y 73 misiles dirigidos contra múltiples objetivos en todo el territorio ucraniano, incluyendo la capital Kiev y ciudades como Dnipró y Járkov.
El balance del ataque fue devastador: al menos 18 personas muertas y aproximadamente 100 heridos según reportes de las autoridades ucranianas. Aunque los sistemas de defensa aérea ucraniana lograron interceptar 40 misiles y más de 600 drones, el impacto fue significativo. Las autoridades acusaron a Rusia de dirigir deliberadamente los ataques contra edificios residenciales y infraestructura civil vital, mientras Moscú sostuvo haber golpeado "con precisión" objetivos militares e industriales.
El presidente Volodímir Zelenski denunció la embestida como una "declaración clara" de Rusia sobre su capacidad destructiva. Advirtió que sin una defensa efectiva contra misiles balísticos, estos ataques continuarán. En respuesta, solicitó urgentemente a Estados Unidos el suministro de más sistemas de defensa Patriot y pidió a Europa desarrollar su propia capacidad de defensa antibalística.
Analistas sugieren que el Kremlin buscaba reactivar un conflicto estancado en el frente. El detonante aparente fue un bombardeo ucraniano a finales de abril sobre Starobilsk, ciudad ocupada por Rusia, que causó la muerte de 21 jóvenes entre 18 y 23 años en una residencia estudiantil. Este incidente parece haber sido utilizado como justificación para la escalada actual.
La intensificación de la guerra marca un punto de inflexión preocupante, con ambos bandos demostrando su capacidad destructiva y la determinación de continuar el conflicto. La comunidad internacional observa con alarma cómo la situación se agrava sin perspectivas claras de negociación.







