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Los «fichines», un clásico inoxidable de la Costa que no pierde vigencia
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Los «fichines», un clásico inoxidable de la Costa que no pierde vigencia

Todavía se ven antiguos videojuegos, como el Street Fighter o el Tetris, y hay nuevas máquinas que entregan tickets de premio. En la era de la PlayStation, que se quedó en casa, chicos y también...

Todavía se ven antiguos videojuegos, como el Street Fighter o el Tetris, y hay nuevas máquinas que entregan tickets de premio. En la era de la PlayStation, que se quedó en casa, chicos y también grandes se divierten como en los ’80.

Ya se cumplieron más de 40 años del lanzamiento de las primeras consolas hogareñas, y sin embargo, los célebres «fichines» –según la jerga tan antigua como estás máquinas–, están más vigentes que nunca. Al menos en la Costa Atlántica, donde la caída del sol (cuando no la lluvia, que ensombreció varios días de enero) atrae a miles de chicos que, para desgracia del bolsillo paterno, pasan el mayor tiempo posible en ese templo de ruidos ensordecedores y luces estridentes.

Hay dos tipos de locales que predominan en la Calle 3, la única peatonal de Villa Gesell: aquellos que se dedican a la venta de comida y alfajores regionales y los de videojuegos. Claro que desde la irrupción masiva de las consolas de marcas como Nintendo, Sony y Sega, la dinámica del entretenimiento sufrió algunos cambios. Los no tan jóvenes y muy nostálgicos todavía pueden sentarse a disfrutar de clásicos de los ’80, como el Street Fighter, el Tetris y hasta el pionero Pac Man, pero los adolescentes y usuarios aun más pequeños prefieren los juegos que además de buenas muñecas requieren algún tipo de destreza física, ya sea baile sincronizado, habilidades basquetbolísticas o pulso de cirujano.

«Vinimos porque era su cumpleaños y eligió este lugar para pasarlo. Como es su día, le hicimos caso», dice Roberto, llegado desde La Plata. Su hijo Mauro, ataviado con una remera de Gimnasia y Esgrima, mantiene un encarnizado duelo en el «tejo» con su hermano Jeremías, que termina en derrota del homenajeado. «Me iba ganando 5 a 2 y se lo di vuelta», exclama el vencedor.

Muchas de las máquinas que pueblan el Sacoa de Gesell parecen sacadas de una kermesse, o de esas ferias de pueblo que sólo se ven en las películas estadounidenses, pero en versión moderna. Y lo cierto es que en 30 años su paisaje y el inventario de sus juegos se ha modificado bastante. Están las pantallas de los legendarios arcades, pero hay otras máquinas. Los más entusiastas pueden llenarle la boca de agua a un payaso, golpear a las cucarachas que salen de su nido o girar una ruleta. El premio siempre es el mismo: tickets.

Algo cambió, entonces, en la lógica de los «fichines». «Desde que entré a la empresa comenzaron a remplazar los videojuegos por lo que llamamos redemption, máquinas que ofrecen tickets como premio», explica Daniela, encargada desde hace seis años del local de Sacoa de Villa Gesell y con más de tres lustros en la mítica compañía familiar que comenzó (y continúa escribiendo) su historia en Mar del Plata. Los tickets tienen un paso efímero por las manos de los clientes: en el fondo, un gran stand permite canjearlos por todo tipo de chucherías, desde peluches gigantes hasta sandwicheras o pavas eléctricas. «La gente se va contenta porque juega y además se lleva algo», dice Daniela. Las modernas consolas, asegura, no son su competencia. «No es lo mismo que subir al Crazy Surf (una especie samba con movimientos frenéticos) o que alguien te relate una carrera de caballos con diez competidores», cuenta.

Los mayores también tienen su rinconcito. Hay mesas de pool, donde se divierten Marina y Luis, oriundos de Bolívar, que se aventuran en el local, a pesar de no tener hijos. «Allá no jugamos demasiado, pero en un día feo como este, ¿qué íbamos a hacer?», reflexionan. Y juegos mecánicos tan anacrónicos como surrealistas para el verano argentino, como un muy solicitado hóckey sobre hielo con movimientos de metegol, con jugadores que se mueven bajo una campana de acrílico.

A pocos metros de allí, Norberto, también de La Plata, se trenza en una competencia con sus tres hijos por ver quién llena de agua más rápido la boca de sus respectivos payasos. A pesar de que intenta todo tipo de trucos viles, como mover las manos de su vecino, uno de los pequeños logra vencerlo. Una alarma y luces son la prueba fehaciente de la victoria. «En general, venimos con una Playstation, pero este año no la trajimos», relata. «Les doy $ 100 a cada uno y después vemos si volvemos otro día. Durante el año, que usen la consola, si no me funden», bromea. Los juegos cuestan entre $ 5 y 13 y duran , en promedio, tres minutos o un poco más, dependiendo de la habilidad del participante. Hay galeones piratas, aviones, carretas, submarinos, bolos y hasta autitos chocadores. «No sé si hay un juego preferido. En este momento la ruleta y el ‘Derby’ (una carrera de caballos) son los que tienen más gente», comenta Daniela.

«Dale, dale», grita Facundo, de 23 años. Junto a Daniela, de 20, intentan llegar a las 15 conversiones o 30 puntos que exige la jaula de básquet para llevarse el premio mayor. Cuando se cumple el minuto, se quedan en el umbral con 28 tantos. «Está buena esta máquina, más allá de que no ganamos nos dio un montón de tickets», dice Facu, y exhibe los cartones como un trofeo. «Nosotros somos de Mar de las Pampas y allá no tenemos fichines. Incluso los precios son bastante más baratos que en otros lugares que conocemos», explica.

Otrora lugar de reunión de adolescentes problemáticos, hoy la cadena de locales se volcó a un tipo de público completamente diferente. «Apuntamos a las familias, que son las que más consumen. Antes se podía fumar en los locales, que eran mucho más oscuros. Hoy eso sería una locura», cuenta la empleada, que luce una remera blanca con toques fluorescentes y el nombre de la empresa. A pesar de ser la compañía más grande del rubro, en Villa Gesell las cosas no son tan simples y en un radio de cuatro cuadras pueden verse tres locales similares. «Acá se da una situación única, por eso nosotros tenemos muchos juegos de ‘parque’ que los demás no tienen», argumenta.

Cuando cae la noche, algunos púberes intentan ingresar al local con vasos de fernet u otro tipo de bebidas alcohólicas, pero son rápidamente repelidos por los empleados de la cadena, que hacen todo lo posible para salvaguardar el «ambiente familiar» que predomina en esa especie de miniparque de diversiones anclado en el centro geselino.

El público cambia de una quincena a otra. Daniela ya tiene identificados a los clientes que vienen al local desde hace varias temporadas y sabe que a partir de febrero, los adolescentes habrán cedido el control del lugar a las familias, que se adueñan de las máquinas con exclusividad. «Los días de lluvia esto explota», asegura.

Una ausencia llama la atención: no se ven ni se escuchan los clásicos flippers que hicieron las delicias de varias generaciones. «Son muy difíciles de reparar y además son caros», comenta uno de los jóvenes que trabaja en el local mientras apura el paso. Una familia numerosa se instaló en el «Derby» y él es el animador elegido para relatar la carrera.  «

Los locales en la Costa Atlántica

La Costa Atlántica parece ser el escenario ideal para los locales de videojuegos. Y mientras en Capital se cerraron casi todos (salvo las zonas de juegos de los shoppings), una firma como Sacoa tiene locales en Mar del Plata, Miramar, Villa Gesell y Necochea.

Los arcades en la computadora

No es imprescindible ir a Sacoa para jugar los videojuegos de fines de los ’70 y principios de los ochenta. El sitio Archive.org –una biblioteca virtual con parte de la historia de Internet– incorporó a su menú de opciones The Internet Arcade, un emulador con 900 de los videojuegos creados entre 1970 y 1990, las dos décadas que constituyeron la edad de oro del entretenimiento electrónico previo a las consolas. Desde cualquier PC y con cualquier navegador, y de manera gratuita, desde la URL <https://archive.org/details/internetarcade> se accede a esta colección que incluye juegos como Alpine ski, Commando, Galaxian, Street Fighter 2, Pac-Man y Tron.

Luis parece más contento que su hija. La pequeña acaba de anotarse un sonoro triunfo en una especie de plato con agujeros donde embocar la pelota equivale a ganar los 100 tickets del jackpot. «Ya pudo sacar cinco peluches y una pelota», dice orgulloso su padre, que gasta $ 200 por día en el local. La nena también juntó una cantidad de cartones suficientes para canjearlos por un oso gigante. La pequeña ya se hizo con dos morrales, uno de los cuales fue a parar a manos de su hermano que posa para la foto.

«Me gustan todos, el de la grúa especialmente”, confiesa Nicolás, que también se divierte con los simuladores. La «grúa» es el clásico juego en donde los participantes deben intentar «enganchar» alguno de los premios mediante cuatro tenazas de metal. Su padre, Leonardo, va de un lado para el otro. El hombre también cayó derrotado ante el funesto payaso que toma agua y su hijo le grita el triunfo en el rostro. «Todos los días pasamos un rato por acá», asegura Leonardo, oriundo de Balcarce.

Tito Ovejero tiene las pulsaciones elevadas. Su hijo acaba de hacer girar la ruleta y la enorme rueda comienza a detenerse cuando el premio de 1000 tickets está cerca. Pero pasa de largo y el pequeño debe conformarse con cinco míseros cartones. «Venimos en vacaciones, pero en Santiago del Estero vamos de vez en cuando», dice. Tras recoger los tickets, el niño arrastra velozmente a su madre hacia otra máquina y continúa el raid. «Por suerte es más barato que en otros lugares», se alivia Tito.

Fuente: Infonews

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