Las bodas argentinas ya no siguen un libreto predecible. Hoy, parejas de sectores medios y altos eligen qué tradiciones conservar, transformar o eliminar según su identidad. Julieta Chávez, de 26 años, se casó el 11 de abril de 2026 frente a un lago en Pilar sin iglesia, vals ni torta de varios pisos. En lugar de caminar únicamente del brazo de su padre, eligió entrar acompañada también por su mamá. Una jueza de paz ofició la ceremonia mientras los novios contaban su historia de amor y los invitados formaban una media luna alrededor de la pareja. "Hoy cada vez más parejas ya no se preguntan cómo debería ser un casamiento, sino cómo quieren que sea el suyo", explica Soledad Molina, wedding planner y fundadora de Sol Molina Eventos.
Según datos del Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires (IDECBA), en 2024 se registraron 10.446 matrimonios, frente a los 11.478 de 2014, lo que representa una caída del 9% en una década. En la provincia de Buenos Aires, el volumen se mantiene estable: durante 2025 se celebraron 45.972 matrimonios, con la franja de 30 a 39 años registrando la mayor cantidad de casamientos. El cambio en las preferencias comenzó a hacerse evidente después de la pandemia, cuando muchas parejas replantearon el verdadero sentido de celebrar. "Hoy todo es opcional. Si una tradición no representa a la pareja, simplemente no forma parte del casamiento", sostiene Molina. Algunas parejas conservan el vestido blanco, el vals o el ramo; otras los transforman o los eliminan directamente.
La ruptura con el formato tradicional se refleja en múltiples aspectos. Carys Camacho, de 33 años, celebrará su boda el 26 de septiembre de 2026 en Mendoza con apenas 20 personas en una bodega. Aunque conservará el vestido blanco, el ramo y el vals con su papá, estos elementos tendrán una versión personalizada: ceremonia al mediodía, almuerzo, y una celebración informal posterior. "Creo que lo nuestro es conservar esa tradición que uno ve en las películas, pero personalizada para nuestros amigos", explica. Las bodas ya no necesariamente comienzan de noche ni terminan de madrugada: hay festejos de día, celebraciones que se extienden durante más de una jornada y formatos que combinan distintos momentos con los invitados. María Candelaria Hidalgo, fundadora de CH Event Planners, señala que "antes los novios se adaptaban mucho más a lo que esperaba la familia. Hoy pasa al revés: los invitados terminan adaptándose al casamiento que imaginó la pareja".
La personalización alcanza cada detalle de la celebración. El tradicional lanzamiento del ramo puede ser reemplazado por una botella de whisky, una camiseta de fútbol o un peluche. Aparecen mascotas en la ceremonia, amigos que ofician el casamiento y homenajes a videojuegos, series o viajes que marcaron la historia de la pareja. Ligia Díaz, de 31 años, se casó el 20 de marzo de 2026 y diseñó una celebración que mezclaba sus culturas argentina y venezolana. Contrató un dúo de piano y violín que interpretó canciones significativas: Nicolás entró con una canción de Digimon, sus damas de honor con Love Story de Taylor Swift, y Ligia caminó hacia el altar con Daylight, también de Swift. Como su perro no podía estar entre los 140 invitados, una gigantografía suya con moño recibió a quienes llegaban. "Queríamos que cualquiera que entrara sintiera que esa boda hablaba de nosotros", recuerda. Reemplazó las mesas redondas por dos grandes mesones de madera para que todos compartieran el mismo espacio, una decisión que terminó siendo una de las más elogiadas por los asistentes.
Esta libertad tiene límites concretos: el presupuesto. Personalizar implica tener margen para elegir proveedores y pagar por aquello que la pareja considera importante, por eso el fenómeno es especialmente visible entre sectores medios y altos. Paula Mena, wedding planner con más de dos décadas de experiencia, señala que muchas parejas ya conviven antes de casarse y financian buena parte de la celebración, lo que les permite decidir con mayor libertad cuántas personas invitar. Algunos optan por incluir un CBU o alias en la invitación para que los invitados transfieran dinero destinado a la luna de miel o a equipar la casa. El costo del cubierto oscila entre $80.000 y $150.000 por persona en 2026, según el menú elegido. Cuando las parejas organizan el festejo en otra ciudad o provincia, trasladan parte del gasto a los invitados, quienes deben sumar al costo del regalo los gastos de traslado y alojamiento.
La participación de ambos novios también forma parte del cambio observado por las organizadoras. "Antes muchas veces el novio ni siquiera venía a las entrevistas. Hoy los dos participan y quieren dejar su impronta", explica Solange Garay. El trabajo de las coordinadoras también se transformó: ya no alcanza con coordinar proveedores y armar un cronograma, es necesario conocer a la pareja lo suficiente como para entender qué haría y qué elegiría. "Necesito conocer tanto a la pareja que, si durante el casamiento surge un imprevisto, pueda resolverlo como ellos lo harían", señala Hidalgo. La boda contemporánea se ha convertido en una extensión auténtica de quiénes son los novios, reflejando sus valores, historias y preferencias en cada decisión.







